Para mí, la luz que transmite la obra de Vicente Gandía es más que una luz: es la alegría de vivir. En las pocas ocasiones que estuve en su casa, a invitación del poeta Guillermo Fernández, pude constatar que el pintor era, sobre todo, un ser que irradiaba generosidad y lucidez, que hacía sonar sus opiniones en medio de la sala, para implantar otra vez y mil veces más su punto de vista, debatible, polémico, valiente.
Quizás por eso, en ese hogar espacioso y blanco que llevaba el nombre de un capítulo de su infancia, Vicente Gandía recibía a los artistas e intelectuales de nuestro México: allí escuché cantar en tono menor a Carlos Montemayor, discutir a Vicente Quirarte, Jorge Esquinca, Miriam Moscona y Humberto Musacchio sobre los términos de una traducción, beber de un vaso de silencio al ex comunista Rolando Cordera, mientras Vicente Gandía —el joven abuelo de todos, por su sabiduría— los observa en un momento de reposo.
La vida es un camino que se recorre a pie, bajo la luz del sol. En la tarde del pasado viernes 6 de marzo de 2009 murió el pintor Vicente Gandía en su casa de Cuernavaca, Morelos. Descanse en paz el maestro de la luz, a quien siempre recordaremos.
