Sí al precio único del libro

Tengo un amigo que se dedica a vender libros en Metepec, Estado de México, México. Él me dice que con la aprobación del precio único del libro —editado o importado en los últimos tres años— su librería podría incrementar su acervo editorial y, por ende, sus clientes, atraídos por la simple y sencilla confianza de que están comprando “a precios de la Ciudad de México”. Le creo: como él, hay muchos vendedores de libros que confían en que el precio único del libro generará condiciones de competitividad entre libreros y, paralelamente, de bibliodiversidad para lectores.

Por eso no entiendo por qué la Comisión Federal de Competencia (Cofeco), principal opositora a esta medida ya aprobada en el Congreso de la Unión en marzo y abril de este año, sigue considerando que el precio único del libro atenta contra la libre competencia y, por extensión, contra el fomento a la lectura. Su oposición ha impedido que se promulgue la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, que considera el precio único, y todo el sistema de producción editorial, como un proceso orgánico del fomento nacional de la lectura.

Editores, libreros y autores han demostrado ampliamente que la Cofeco sigue sin argumentar con objetividad por qué se niega a aceptar el precio único del libro reciente. Es cierto, la libre competencia no aspira a la igualdad, sino a la eficiencia, pero también es cierto que el mercado mejora si hay condiciones para singularizar el servicio de un negocio y propiciar la capacidad de éste para responder a la oferta y la demanda, especialmente si el negocio es vender libros, así sean de texto. Esa es la explicación que da Gabriel Zaid: las baratas y los descuentos son impuestos que, a través de los servicios, pagan los clientes de mayor capacidad de gasto.

De promulgarse la Ley, los descuentos seguirán existiendo, aunque no de las novedades editoriales de hace tres años a la fecha; las ventas de libros de texto en las escuelas particulares seguirán existiendo, aunque será sancionable el sobreprecio, y lo más importante: veremos crecer el número de librerías con mejores servicios.

Claro, por sí misma, la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro no elevará la tasa nacional de lectores, pero puede convertirse en un pilar para la ansiada renovación del sistema educativo nacional, que fomente la formación de científicos, la práctica artística y el debate público. Porque leer nos enseña a conversar, a convivir, a vivir con plenitud. Sí, al precio único de los nuevos libros.

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