Grey

Aún recuerdo los primeros cuentos de Alberto Chimal (1970), publicados hacia 1987, en un rudimentario volumen de título Los setenta segundos y otros cuentos más largos. Inspirado en los relatos de Philip K. Dick (1928–1982), Isaac Asimov (1920–1992) y Arthur C. Clarke (1917), por referir sólo algunos modelos, Chimal creó la simiente de lo que hoy desarrolla con plenitud creativa: el relato corto, rápido y de humor negro —acaso el único humor posible.

Las tres cualidades de sus textos serían anodinas si no estuvieran acompañadas de un complejo sistema de referencias que Alberto Chimal ha sabido construir a lo largo de sus libros. Desde La luna y 37’000,000 de libras (1991) hasta Grey, editada por Era en este año, los relatos de Chimal circundan la parábola de un mundo insatisfecho e insatisfactorio para los Vecinos de la tierra (1996), El ejército de la luna (1998), la Gente del mundo (1998 y 2001) y El país de los hablistas (2001), al grado de formar un amplio catálogo de pueblos y naciones que son también, como lo dice su sitio en internet (www.lashistorias.com.mx), visiones de la humanidad en decadencia.No se piense que esa perspectiva es pesimista. Alberto Chimal traza la línea de lo imaginario y lo simbólico con la precisión de la ironía, aprendida, quizás en principio, de Borges (1899–1986), de Cortázar (1914–1984), de Pavic (1929), núcleos de irradiación literaria de los que muchos aún abrevamos. Pero, ¿qué sabemos de un hombre sino sus motivos más elementales?, me pregunto hoy, cuando presiento que la ruta literaria de Alberto Chimal se dirige hacia una literatura menos interesada en las clasificaciones que en nuevos lectores.

Grey es la constatación de que la literatura en español goza de cabal salud. Después de al menos dos generaciones insuperables de maestros fabulistas —de Adolfo Bioy Casares (1914–1999) y Angélica Gorodischer (1929) a Emiliano González (1955)—, Alberto Chimal refrenda en Grey su interés por desmontar la inercia social de las creencias religiosas por el simple gusto de verla, por dentro, desarticulada. Con la oblicua mirada del testigo, Chimal asiste al espectáculo del dogma extremo para incidir en él con una nota desequilibrante, una mirada irónica, un gesto de histérica hilaridad. Esa perspectiva es crítica, como toda palabra tiende a serlo cuando no busca la autocomplacencia, sino el deseo de estar vivo. Leyéndolo entendemos que la literatura es diversión: revelación, aprendizaje y transformación del ser. Una dicha.

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