Santa patrona

El pasado 10 de diciembre, en el Centro Regional Cultural de San Miguel Nepantla, Tepetlixpa, Estado de México, el Instituto Mexiquense de Cultura distinguió al escritor Alfonso Sánchez Arteche con un homenaje en correspondencia por su larga trayectoria en la difusión de la obra de la Décima Musa, en ocasión del CCCLVIII aniversario del natalicio de Sor Juana Inés de la Cruz. Enseguida, las palabras del escritor, investigador e historiador nacido en Toluca, al aceptar este reconocimiento.

Más que a méritos propios, creo deber a la generosidad de mis amigos esta distinción, que si bien me honra en la misma medida me compromete gravemente con la comunidad cultural a la que pertenezco desde hace cuatro decenios. Acepto este inmerecido honor con modestia y acatamiento, porque la orden profana de la amistad impone los votos de humildad y obediencia, no así los de castidad, clausura y silencio.

Lo acepto, igualmente, porque me ofrece la ocasión de asistir por primera vez a estas jornadas sorjuaninas, en el mismo suelo donde por tradición se sabe que nació, para mayor gloria de la cultura mexicana y para asombro del mundo, la siempreviva del México virreinal, el Divino Narciso del barroquismo americano.

Nepantla es el Tepeyac laico de los librepensadores y de los heterodoxos, porque en el tornátil vuelo de la fama, el siglo XX rescató a Sor Juana Inés de la Cruz como símbolo de la libertad de conciencia, la lucha contra el autoritarismo y la equidad de género. Es Nepantla la Meca del Anáhuac, ombligo mítico de una Chalma literaria a la que todos los intelectuales y artistas de nuestro país deberían acudir por lo menos una vez en su vida, para ratificar la devoción hacia todo aquello que significa la monja jerónima al avanzar hacia su cuarto siglo de inmortalidad.

Sor Juana se ha convertido en la santa patrona de quienes en México cultivan las artes de la emoción y los oficios de la razón crítica. De ahí que en su conformación simbólica, aun en su figura mitificada, se signifiquen las diversas pulsiones de una identidad todavía en construcción, que explora en el pasado las razones profundas de su presente y los íntimos motivos de su porvenir.

En el regazo virtual de Nuestra Señora de Nepantla, milagrosamente aparecida para siempre en 1648, el mismo año en que el bachiller Miguel Sánchez daba a luz por primera vez el relato guadalupano, aquí donde Inés Ramírez brotó como Minerva, de la cabeza de Júpiter, mujer hecha y derecha, ya investida con los atributos de la inteligencia, el ingenio y el misterioso don de la palabra, agradezco este honor no en mi propio nombre, que bien poco vale, sino en el de aquellos trabajadores de la cultura que laboran en el Estado de México y tratan de hacer honor a la imagen prodigiosa que nos protege y alienta desde un más allá de sueño, papel y tinta.

Una vez más, muchas gracias.

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