2007

Hace apenas uno días caminé por las calles de San Francisco Coatepec, un antiquísimo poblado de Michoacán, México. Miré sus inscripciones, caminé por sus veredas infinitas. Recordé la visión de Borges: los contemporáneos somos ya fantasmas para las generaciones futuras.

¿Cuánto quedará de nosotros cuando hayamos muerto? Seremos un vano suspiro, un nombre entre los nombres. Quizás de esto habla el poema de Umberto Saba (1883–1957) “El barrio”, que recupero aquí en las vísperas de un nuevo año.

Levantemos la copa para despedir un año más, entre guiños de alegría y la expectativa de lo que vendrá en 2007. ¡Salud!

El barrio

Fue por las calles de este
Barrio que algo nuevo
me pasó.

Fue como un vano
suspiro
el repentino deseo de salir
de mí mismo, de vivir la vida
de todos,
de ser como todos
los hombres de todos
los días.

No tuve yo jamás tan grande
gozo, ni de la vida espero ya tenerlo.
Veinte años tenía entonces, y estaba
enfermo. Por las nuevas
calles del Barrio ese deseo vano
como un suspiro
me hizo suyo.

Donde en el dulce tiempo
de la infancia
pocas casas veía yo,
perdidas, que trepaban hacia el nudo
de la colina,
surgía un Barrio hiviente de trabajo
humano. En él por vez
primera sufrí el impulso dulce
y vano
de sumergir la mía dentro de la candente
vida de todos,
de ser como todos
los hombres de todos
los días.

Tener la fe
de todos, decir
palabras, hacer
cosas que cualquiera entiende, y son,
como el vino y el pan,
como los niños y las mujeres,
valores
de todos. Sólo un resquicio,
ay, dejé al deseo, azul
rendija,
para contemplarme desde allí, gozar
el gran goce alcanzado
de dejar de ser yo,
de ser tan sólo esto: entre los hombres
un hombre.

Nacido en oscuras
circunstancias,
poca cosa fue ese deseo, apenas un breve
suspiro. Lo reencuentro
—eco perdido
de juventudpor las calles del Barrio
cambiadas,
aún más cambiadas que yo. Sobre las paredes
de las altas casas,
sobre los hombres y sobre los trabajos,
sobre cada cosa,
ha caído el velo que envuelve las cosas
acabadas.

La iglesia es todavía
amarilla, si el prado
que la rodea es menos verde. El mar,
que en lo bajo vislumbro, tiene un solo navío,
enorme,
que, detenido, se escora hacia un lado. Formas,
colores,
vida donde nació mi suspiro dulce
y cobarde, un mundo
acabado. Formas,
colores
diversos he creado, al seguir siendo yo,
yo mismo solo con mi duro
sufrir. Y muerte
me aguarda.

Volverán,
o a este
Barrio, o a otro como éste, los días
en flor. Otro habrá
que reviva mi vida,
y en una angustia extrema
de juventud, pida también,
y espere,
poder sumergir la suya dentro de la vida
de todos,
poder ser como le parecerá que son
todos los hombres de ese día
de ese entonces.

Del Cancionero, 1951.
Traducción de El Poder de la Palabra
(www.epdlp.com)

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