Ver televisión

Carlos Héctor, periodista y amigo de largas conversaciones, escribe un artículo sobre el acto de ver televisión, que habrá de publicar en la Agenda Cultural del Instituto Mexiquense de Cultura. Desde este sencillo continente, le reenvío su afecto con la mínima gratitud: reproducir su texto. Salud. 

 

¿T.V or not T.V.? …ésa es la cuestión

Carlos Héctor

para Porfirio Hernández

“Fácil sería que por mi enfermedad me quedara en mi casa a ver televisión para ver pasar la vida, pero ese no es mi caso. Yo entreno mi mano izquierda para hacer de la enfermedad una parte del trabajo”.

Esto lo dijo Leopoldo Flores, artista mexiquense de excepción, en una entrevista publicada semanas atrás (Reforma Estado, 23 de enero de 2007, pág. 14), luego de que el reportero Leopoldo Ávalos le preguntara sobre cómo ha afectado al pintor el mal de Parkinson que padece.

Además de admirar la fortaleza del espíritu creador de Flores, que se pone a entrenar la mano siniestra para superar su enfermedad y poder seguir pintando (incluso, bromea optimista sobre esto, señalando que su “época parkinsoneana” es la mejor de su obra), llamó poderosamente mi atención su aguda crítica, seguramente involuntaria o velada, a los que sí se ponen a ver pasar la vida sentados frente al televisor.Hace algunos años leí, también en la prensa, sobre un interesantísimo experimento promovido por alguna universidad norteamericana que estudiaba el efecto que tiene la TV en la vida de las personas.

El experimento consistía en que un número determinado de individuos, de todas edades, se inscribía para participar —esta vez de manera voluntaria— en la investigación, renunciando simplemente a ver televisión por 30 días. “A month without T.V.” (creo que ese era el nombre del estudio) arrojó resultados sorprendentes.Aquellos que renunciaron por cuatro largas semanas a “ver pasar la vida” con el control remoto en la mano (zapping, otro fenómeno de la sociedad contemporánea digno de posterior comentario) encontraron efectos que ni siquiera imaginaban.

Aquel padre de familia que carecía de tiempo para salir a andar en bici con sus hijos, observó que cancelando el tedio de vegetar viendo la programación televisiva habitual, contaba con las horas libres que necesitaba para divertirse con ellos.La señora que usualmente cada tarde sufría con tragedias ajenas siguiendo las telenovelas, se acordó de lo mucho que disfrutaba cocinar viejas recetas familiares. Ese joven que estaba lleno de violencia a causa de la sobredosis de caricaturas que se recetaba a diario, se transformó en un atlético nadador. En fin, los ejemplos eran de los más variados e interesantes, pero en todos los casos, los participantes observaron transformaciones positivas en su vida.

No creo que sea necesario que una universidad nos invite a participar en otro experimento que, finalmente, arrojaría idénticos resultados: cada uno de nosotros viviría más su vida y no la de los protagonistas de los programas que cada día son emitidos, con tan sólo así decidirlo. Recuerdo alguna ocasión en la que durante la Facultad renuncié radicalmente a ver TV por algún tiempo. Qué mal me fue. Me convertí en una especie de autista social que no estaba enterado de nada. Desconocía que había guerra en Afganistán y no había visto la noche última a los ganadores del Oscar de aquel año. Carecía de conversación y de información, y mis compañeros, mientras tanto, reían a carcajadas platicando el último chiste del programa cómico en boga.Ahora sé que el aparato que preside la sala de casi todas las familias del mundo es un fenómeno de comunicación de masas impresionante y no podemos —ni debemos— ignorarlo. Tampoco endiosarlo. Y si un creador universal de la talla de Leopoldo Flores prefiere seguir trabajando a sentarse a ver la tele, pues creo que valdría la pena que todos reflexionáramos al respecto y viéramos cuántos libros podríamos leer, cuántos museos visitar, cuántas películas ver, cuántos kilómetros correr o cuántos gustos e intereses recuperar, si tan sólo nos decidiéramos a renunciar un poco al omnipresente electrodoméstico. Creo que esa es la cuestión.

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