Ortografía

Un joven va por las calles de la ciudad de México colocando acentos gráficos en las palabras que los omitieron. Se detiene en el puesto de Isabel Ramírez Pardo, en la colonia Condesa, quien al anunciar sus árboles miniatura omitió la tilde; luego se dirige al rotulista de la calle Benjamín Hill y luego al de la calle Cosalá. Pablo Zulaica Parra no terminará pronto, pero está contento porque cumple una obsesión: colocar la tilde donde debe ir. Abrió una bitácora para relatar sus experiencias y tiene muchas visitas.

La empresa de Pablo es la ortografía, y su relativo éxito proviene del efecto momentáneo de su sorpresiva acción. El ortógrafo despierta en los demás una actitud de corrección semejante al que inspira el juez o el agente tránsito: un espontáneo apego a la corrección y al respeto de las normas. Sin embargo, ese breve impulso desaparece con las horas, para esfumarse por completo al día siguiente.

Dicen que el 5 de julio dimos muestra de pluralidad y tolerancia. La verdadera prueba de tolerancia que nos une como mexicanos es la que toca a los fallos ortográficos: si el rotulista omite la tilde en su negocio, hay que comprenderlo; si los profesores siguen creyendo que las mayúsculas no se acentúan y así lo dicen a sus alumnos, así debe estar bien; si los diarios no acentúan mayúsculas porque aducen que va contra su diseño gráfico, no importa, de todos modos se entiende. Somos tolerantes.

Pero el germen de esta tolerancia es la renunciación a comunicar con eficacia. Un extremo de la ley del menor esfuerzo es pronunciar lo mínimo para hacerse entender, y apoyarse, si es necesario, en ademanes o repeticiones; por eso admiro a los locutores de radio y a los escritores: sólo usan la palabra hablada o escrita, sin lenguajes suplementarios.

La ortografía es el resultado de la unificación de la lengua. Cuando nació el idioma español, hablantes de una u otra región escribían como se oían las palabras, y les otorgaban a éstas variados significados. Fue el Diccionario de Autoridades, publicado a principios del siglo XVIII, el primer resultado de la máxima que se impuso la Real Academia de la Lengua Española, fundada apenas en 1713: limpiar, fijar y dar esplendor a la lengua de Calderón de la Barca, Cervantes, Lope, Gracián, Góngora, Quevedo y San Juan de la Cruz, quienes ya se habían adelantado en la tarea.

Han pasado tres o cuatro siglos desde entonces; la lengua sigue cambiando: necesita ortografía. ¿Nosotros necesitamos de ella?

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