En defensa de la lectura

La prisa por estar al día nos quita tiempo para releer. Las redes sociales, el vértigo de las noticias, el continuum de la televisión y la radio le resta espacio a los libros que ya leímos y que nos transformaron. La conversación entonces, cambia de peso. Intercambiamos información que conocimos apenas, fascinados por la revelación de la infinita hora.

Ya lo sabíamos. Carlos Pellicer Cámara nos lo dijo en un Nocturno de 1924:

No tengo tiempo de mirar las cosas

como yo lo deseo.

Se me escurren sobre la mirada

y todo lo que veo

son esquinas profundas rotuladas con radio

donde leo la ciudad para no perder tiempo.

Esta obligada prisa que inexorablemente

quiere entregarme el mundo con un dato pequeño.

No era así antes de la imprenta del siglo XX, según lo relata Sergio Pérez Cortés en La travesía de la escritura (Taurus, 2006). Los libros eran pocos y servían para transmitir el conocimiento fundacional de los pueblos; fuera en la liturgia o en la biblioteca, el libro comunicaba los valores de quienes comenzaron la civilización occidental, casi tan efectivamente como antes lo hiciera la oralidad y los cuentos fantásticos.

Ya no releemos a los clásicos, muchos de los cuales fueron los best sellers de su tiempo y de otros siglos antes del XX. Parece una pérdida de tiempo releer el Cratilo, tan superado por la lingüística moderna; o las meditaciones de Marco Aurelio, cuya forma de ser no cabe ya en el mercado de la competitividad.

Las certezas de la modernidad han acabado con la relectura, y han relegado el goce del estilo literario al lienzo que cuelga en los museos no interactivos (¡y sin página web!) del centro histórico de cualquier ciudad de México.

Leemos en el impasse de un tiempo que no volverá nunca, y morimos de angustia por ello. El poeta y ensayista Gabriel Zaid llega a una conclusión semejante en su libro El secreto de la fama (Lumen, 2009), que acabo de leer apenas, consternado por esa visión ácida pero realista de un hombre que ha sabido sortear las tentaciones baladíes del mundo literario, para concentrarse en lo que para él es esencial: la lectura y la relectura.

Desde esa perspectiva, que lo mantiene a un lado del camino, Gabriel Zaid hace una disección de todo el ruido acumulado en la historia de la lectura, para darnos numerosas lecciones de humanidad literaria. La primera de ellas: volver a leer, desafiar la inercia y redescubrir la sabiduría de lo que hemos sido y seremos en cada lectura. Nosotros, que ya no somos los mismos.

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2 pensamientos en “En defensa de la lectura

  1. ¡Gracias por compartirnos tu punto de vista!

  2. Inna dice:

    Luego de leer, pero mejor aún releer tu trabajo hormiga, recuerdo a Borges quien presumía de tener pocos libros en su biblioteca y muchos en su memoria. Graias por el buen sabor del recorrido por la literatura que me hiciste pasar al recordar mis viejos textos ya empañados por el tiempo…

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