Una conversación

Comenzaban los noventas en Cuernavaca, Morelos. Una tarde, en la casa del pintor valenciano Vicente Gandía escuché a Carlos Montemayor cantar un aria tradicional. “Tiene una voz pequeña pero magnífica”, sentenció el poeta Guillermo Fernández cuando más tarde comentamos la grata impresión que me dejó escuchar al traductor, poeta, novelista y ensayista nacido en Parral, Chihuahua, en 1947, aquella memorable tarde que pasé en la quinta de Gandía con Vicente Quirarte, Francisco Hernández, Miriam Moscona, Humberto Musacchio y Jorge Esquinca.


Años después, volví a ver a Carlos Montemayor en el bar “2 de Abril”, en Metepec, cuando alrededor de poemas suyos la conversación se tornó hacia el movimiento zapatista en Chiapas y la reivindicación de la literatura indígena, que él tanto apreció y difundió.


La presencia de Carlos Montemayor tenía un significado especial para mí. De joven yo había admirado su traducción de los poemas goliardos, vueltos obra maestra por Carl Orff en los Carmina Burana, y me había impresionado muy profundamente su poemario Finisterra (1982); había leído su incontestableGuerra en el paraíso (Diana, 1991) y lo escuchaba con devoción cuando, por televisión o por la radio, daba su opinión y sus impresiones acerca del EZLN y la lucha indígena mexicana en la conquista, otra vez, de sus derechos sociales.


Ayer me enteré, por la voz del médico y escritor Ruy Pérez Tamayo para la televisión metropolitana, que Carlos Montemayor estaba muy grave, víctima de un tumor de daños irreversibles. Ayer por la mañana me desperté con la noticia de que había muerto el poeta de Parral. Si estaba triste ya por la muerte del periodista y editor Agustín Pérez Aguilar, tan cercano al Centro Toluqueño de Escritores y a quien saludé apenas unos días antes de su fallecimiento, esta otra muerte me cala hasta lo más hondo. ¿Quién está preparado para la muerte?


Es tiempo de remembranzas. Pero ¿un recuerdo es algo que tenemos o que hemos perdido?, se pregunta Marion, la protagonista de La otra mujer (1988), magistral cinta de Woody Allen, interpretada por Gena Rowlands. Esta tarde me doy cuenta de que un recuerdo es la síntesis de lo que amamos, pero también de lo que perdemos día a día; esa es la razón por la que la memoria se perfecciona conforme pasa el tiempo, hasta darnos, en el instante de nuestra muerte, la última gran mirada de la vida que se nos escapa.


Eso pienso ahora, cuando detrás de mi ventana unos niños juegan bajo la sombra de los árboles. Sus palabras y sus risas, ajenas a las preocupaciones de las personas adultas, me conmueven. La amistad es una ola de presencias vivas, anhelos, afectos y esperanzas. En la amistad no existe la distancia; es una conversación continua acerca de lo que nos hace comunes: nuestra sola y efímera existencia.

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