Tablada y el haikú

El haikú, el poema más pequeño de la poesía oriental ―derivado de la primera estrofa de la forma poética colectiva y concatenada llamada renga―, tiene a su primer difusor en América Latina en la voz del mexicano José Juan Tablada (1871-1945), de quien el próximo 2 de agosto se cumplirán 65 años de su muerte.

A partir de la segunda década de 1900, luego de seis meses de estancia de Japón, Tablada publicó versiones muy libres de poemas japoneses, apoyado en otras traducciones, principalmente del francés y el inglés; pero sobre todo, fue el primero en publicar poemas apegados a la honda tradición japonesa, perfectamente adaptados a la lengua española. Su primer libro de “poemas sintéticos”, como él los llamó, se publicó en 1919, en Venezuela, bajo el título de Un día…, con un total de 37 poemas sobre animales e insectos, temas que le eran particularmente afines desde muy joven; no era, sin embargo, el primer volumen con poemas de asunto japonés, pues un año antes Tablada había publicado Al sol y bajo la luna, con un prólogo en verso del argentino Leopoldo Lugones (1874-1934), el último de los modernistas y el primer vanguardista de nuestra América.

La crítica Seiko Ota, quien se doctoró en la Universidad de Estudios Extranjeros, en Kioto, Japón, con un minucioso estudio de la relación de Tablada con la poesía japonesa, se ha ocupado de examinar los libros del poeta mexicano; concluye que Tablada practicó la poesía de Oriente sin conocer cabalmente el japonés, pero que su dedicada labor de “trasplantar” el haikú al español le permitió lograr poemas que superan el modelo original.

Como constancia de ello, están los libros que siguieron: en 1920, Tablada publicó Li-Po, en la línea de los poemas ideográficos de Apollinaire (1880-1918), y en 1922, El jarro de flores, publicado en Nueva York, EE.UU.

Octavio Paz, en su entrañable ensayo “La tradición del haikú” (1970), le da a Tablada el lugar que merece como iniciador de una tradición literaria en español, a través de su exploración del haikú y de la renovación de sus valores más elementales; aunque no duda de la independencia de su esfuerzo, no deja de mencionar la coincidencia que mantuvo con los poetas franceses en su tentativa de recuperar la tradición oriental en la poesía de Occidente; tal coincidencia fue para Tablada un estímulo, no influencia ni limitación, arguye Paz.

Sus libros, sin embargo, sí fueron imitados, y su influencia alcanzó a toda la lengua, con poemas de hermosa y profunda sencillez, como éste:

Trozos de barro:
por la senda en penumbra
saltan los sapos.

Ahora que se cumplan 65 años de la muerte de José Juan Tablada, más evidente será la necesidad de volver a leer a este poeta mayor de la lengua española, que supo ampliar el horizonte creativo de la poesía de nuestro tiempo a partir de su apego a una lengua que ya forma parte de nuestra tradición cultural.

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