De nacionalismos

Pues sí, estamos en fechas de celebración patriótica, revuelto el magma de la historia nacional con la inclinación a la fiesta. No comparto ese ánimo dilapidatorio, prefiero la silenciosa revolución del arte.

Para mí la patria, cuyo “fulgor abstracto” es para todos digno colofón del nacionalista grito “Viva México”, es ante todo tradición artística: las luchas revolucionarias que han dado progreso a la Nación se han librado decisivamente en el campo del arte. La mejor muestra de ello es la perdurable y emotiva herencia de los muralistas Orozco, Rivera, González Camarena y Reyes Meza en la pintura de hoy; la música de Carlos Chávez y toda la cauda de compositores nacionalistas y modernos que rematan en las obras de Gabriela Ortiz, Eduardo Gamboa y Enrico Chapela, por citar sólo dos ejemplos mayores.

Antes que en la guerra, que hoy se mira como una sucesión de batallas de noble fin, la patria se revolucionó también en su literatura, en cuya tradición se encuentra el poeta zacatecano Ramón López Velarde (1888-1921), a quien el escritor Juan Villoro acaba de recordar con ejemplar maestría en el diario Reforma el viernes pasado.

El arte no ha se ha desligado nunca de las luchas revolucionarias de las naciones. A veces, en detrimento del arte mismo. Recuérdese la Rusia de principios del siglo XX, cuando la política se puso al servicio del nacionalismo, y el papel que tuvieron los artistas en esa relación. Cito ahora ese ejemplo porque acabo de escuchar el Concierto para violonchelo y orquesta No. 2 de Dimitri Shostakovich (1906-1975), uno de los compositores más enigmáticos e ideologizados del Siglo, y de quien por cierto el próximo 25 de septiembre se celebran 104 años.

Como ningún otro autor, Shostakovich representa la pugna del arte musical contra el arte mismo, en parte por voluntad de su autor, pero sobre todo por el contexto en que fue creado. Siendo un niño prodigio, Shostakovich alcanzó la fama en 1926, a raíz de su primera sinfonía, fama que fue el motivo de que sus composiciones fueran examinadas, calificadas y eventualmente censuradas por el régimen estalinista.

La relación que mantuvo el compositor con el politikburo de su época hizo que su obra fuera la síntesis del arte expuesto para leerse en clave artística y código ideológico. La complejidad de sus sinfonías deviene no sólo de su carácter vanguardista, sino de las tortuosas relaciones que anunciaba si el régimen calificaba esa complejidad como inconveniente para la educación del pueblo.

Hasta ese extremo puede llegar el arte si se compromete con el régimen político: a ser no complejo (sería mucho decir), sino sumamente sencillo y simple: precedible. El patriotismo que hoy nos inunda podría detenerse a pensar un poco más en ello.

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