Posteado por: Porfirio Hernández | 11 Noviembre 2009

Yo

“El yo puede ser muy aburrido”, escribe Gabriel Zaid (1934) al cierre de su colección de artículos con el título El secreto de la fama (Lumen, 2009). La frase se refiere al viraje de la atención en la obra de arte hacia la atención al autor, y de éste al ser anónimo que publica noticias de sí mismo en un espacio que admite menos de 140 caracteres.

Asistimos al “apogeo del yo como tema” reducido a la ventana del Twitter. Quizás comenzó como un recurso novedoso en la práctica del periodismo; hoy es indispensable en el microblog. Noticias de la vida cotidiana de una persona cualquiera que, al sumarse a las de todas, consuman el sueño de una nación donde todos somos iguales y, por ende, tenemos el mismo derecho de captar la atención, así sea por el simple hecho de ejercerlo.

Todo es percepción. Sabemos ya que la protesta de usuarios de Twitter logró matizar los términos del impuesto de 3% al uso de telecomunicaciones, especialmente de internet, aprobado por el Congreso de la Unión para el próximo año; en la reunión con senadores para expresar este rechazo, los twitters arguyeron, entre otras ventajas de la internet, que las próximas elecciones federales se definirían por el peso del voto de quienes reclamaban la anulación del impuesto. Sin embargo, de acuerdo con Guillermo Pérez Bolde, director de la consultora Mente Digital (slideshare.net/gpbolde/twitter-en-mexico) de las 32 mil cuentas registradas en Twitter, sólo 8 mil 500 son activas; un número muy reducido respecto de los 27.6 millones de usuarios de internet (ampici.org.mx) que no se expresaron. La igualdad se mide mejor si se percibe como tal.

No se puede negar el potencial comunicativo de Twitter, pero tampoco se puede sobrevalorar su importancia, sobre todo si se considera que la mayoría de los usuarios consigna actividades baladíes de su vida diaria. Tampoco se puede (no se debe) reprocharles nada, pues la red es un espacio abierto que encuentra en cualquier esfera de su cobertura intereses comunes que se enlazan y se organizan para exigir la eliminación de un impuesto.

Pero esa organización termina donde empieza: en la pantalla de un monitor encendido en medio de la noche. En ese receptáculo se proyecta la vida de las personas que ejercen su derecho a ser leídas y escuchadas por el simple deseo de ser leídas y escuchadas: la Constitución ampara su deseo.

Del teatro, el yo común salió a la calle, pero sin parlamento. Buscó su identidad y encontró una en la red. Hoy habla de todo, opina de todo, y nos dice que su vida es singular. Aunque pueda ser aburrida.

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